jueves, 6 de noviembre de 2014

En oscuras

Era muy tarde por la noche cuando me encontraba recostado en mi cama, aburrido, tratando de dormir y sin éxito alguno. Miraba fijamente la luz que iluminaba el techo de mi cuarto, pensando en los misterios que esconde la noche, en las criaturas nocturnas y en como ese momento parecía una escena clásica de una película de terror en donde el asesino entraba a la habitación y degollaba a la chica linda. Eché a reír por lo cojudón que resultaba mi imaginación y sobre todo porque no tenía nada de “chica linda” en peligro.

Me puse de pie, el frio hizo contraer mis músculos y mi cerebro. Camine hacia mi escritorio y encendí la computadora. Normalmente durante mis sesiones de insomnio suelo distraerme navegando por la web o hablando con algún lechucero que esté online en ese momento, el cual muchas veces nunca resulta la persona más idónea para entablar una interesante, o por lo menos amena, conversación; esa noche no fue la excepción.

Varios minutos después de full ‘huevin’ terminé aburriéndome de no encontrar nada que persuada mi atención, me mantenga cautivo y ayude a aligerar mi puñetero insomnio. Al contrario, terminé aburriéndome y algo malhumorado. En un intento por cambiar la desganada situación en la que me encontraba, encendí la televisión y empecé a hacer zapping. Igual que en internet, encontré de todo menos algo que me interese. Tenía en ese momento dos instrumentos de distracción pero ninguno ejercía precisamente esa función.

Resignado, apagué la computadora y me zambullí en mi cama. Me enrosque como un ovillo por el frío y me envolví como una chapana con mis sábanas. Bajo la luz del televisor, el sueño empezó a hacer lo suyo. Justo cuando estaba a punto de caer a los brazos de Morfeo empezó una película de Ang Lee que hacía siete años había llamado mi atención por lo controversial, cruda y realista que era. ¿Por qué no la vi en su momento? Simple: mis padres o el vendedor de boletos del cine jamás me hubieran dejado porque por aquel entonces bordeaba los quince años y ésta cinta no era precisamente para menores por las fuertes escenas que contenía, según los críticos.

Me acomodé en mi cama y abrí bien mis ojos críticos para no perder detalles, y así entender por qué la cinta había sido tan mentada y premiada internacionalmente. “Ahora sabré cuál es el gran secreto de todo” pensé. Y es que la verdad de la vida es simple: mientras más le prohíbas a un adolescente hacer algo, más lo va a hacer (esa es una contrariedad del cual ya existe toda una rama de la psicología en la que no entraré porque no viene al caso). Como sea, justo a los minutos que comenzó la película, noté que había olvidado apagar el estabilizador de la computadora. “Joder”, exclamé mentalmente al darme cuenta que tendría que salir de mi acogedora y caliente madriguera para apagar el puñetero aparato.

Debido a un pseudo trastorno obsesivo, aproveché un corte comercial y me levanté en medio de la oscuridad tiritando de frio. Quizás fue la mezcla entre la emoción de ver la película vedada  y el gélido ambiente lo que hizo que fuera corriendo y alborotado hacia mi escritorio para apagar el dichoso interruptor. Tanteando en medio de la oscuridad llegué hasta mi computadora, escuché que el reclame había concluido y sentí que debía apresurarme. Fue entonces que me agaché con tal fuerza que terminé golpeándome la ceja, muy cerca al ojo, con el borde del escritorio. Varias luces blancas brillaron directamente en mis ojos y escuché el sonido de unos pajaritos silbando y revoloteando alrededor de mi cabeza. “¡¡Au, carajo!! exclamé y rápidamente me enderecé. Me sobé la parte afectada con  la mano y fue entonces que sentí algo extraño.

En medio del dolor que tenía en la parte superior de mi ojo derecho, sentí una viscosidad que se iba filtrando entre mis dedos, la sola sensación me producía asco.  Quedé estático ante mi repudio por lo que yo pensaba era algún fluido nasal o esputo que había dejado sin querer, ya que por aquel entonces estaba algo resfriado. Otra idea que se generó en mi cabeza y me hizo entrar en pánico fue que había aplastado con mi cabeza a una cucaracha, araña u otro insecto asqueroso. Un escalofrío me invadió y la piel se me puso de gallina.

Sobé mis dedos para determinar que era con lo que me había encontrado pero no lograba decretar de qué se trataba. Al contrario, terminé embarrándome la mano por completa. Empecé a entrar en pánico por no saber qué era con lo que me había manchado. Sentí una picazón por mi mejilla derecha y con mi mano limpia me rasqué, fue entonces que el nivel de pavor aumentó. Mi mejilla estaba húmeda y embarrada por la misma extraña viscosidad. Espantado por la idea de haberme embarrado con alguna sustancia tóxica, corrí al espejo a ver que sucedía.

Fue así que en medio de las tinieblas y bajo la iluminación de la televisión que la imagen lúgubre de mi rostro se dibujaba en el espejo. Imagino que hubo una escena en donde cayó un rayo porque tanto el sonido estruendoso y la parpadeante luz revelaron la escena de terror de la que era protagonista. Durante un flash de luminancia pude ver que la mitad de mi rostro estaba impregnado de asquerosa y horripilante sangre.

Trate de limpiarme la cara con las manos pero fue inútil. Puse una de mis manos en mi ceja, lugar donde se ubicaba la hemorragia, pero de nada sirvió. Mi respiración se agitó un poco pero traté de mantener la calma. Aunque más que miedo por lo que me estaba pasando, un sentimiento de preocupación me invadía, preocupación por lo que esto pudiera generar en mi familia. Aun bajo la luz del televisor, salí disparado de mi cuarto con dirección al baño. Ahí pude visualizar mejor la herida. El diagnóstico era claro: me había reventado la ceja debido al golpe que me di contra el escritorio.

Con cuidado, me lave la herida e hice presión en ella con un trapo que encontré. Extrañamente a los minutos el dolor pasó, el sangrado se detuvo, pero mi ceja se veía hinchada, expuesta y vulnerable. Busqué en el botiquín una bandita pero no encontré ninguna. Me dirigí al cuarto de mis padres y me encontré con mi papá, quien no supo darme una respuesta a lo que estaba buscando. Fue entonces que mi mamá, de un golpe, se sentó en la cama (así como sucede en las películas de terror en la que los muertos vuelven a la vida) y con los ojos saltones me preguntó que pasaba. Luego de contarle el lamentable impase que había tenido, me preguntó que había estado haciendo, que cuál había sido mi apuro por apagar el estabilizador. No supe que responder, decirle que me había golpeado por ir a ver una película escandalosa no era una opción. Guardé silencio, tomé asiento en el baño y dejé que me atendiera con ese cariño maternal y especial que caracteriza a mi madre: “¡Quédate quieto mierda! ¿No ves que te puedo joder el ojo? Después estarás bramando como cojudo”.

Me recosté en la fría taza del inodoro y miré el techo mientras mi madre me atendía. En ese momento pensé en que las advertencias están hechas por una razón y que obviarlas puede generar problemas, ¿Como éste? Quizás. No había lógica en ello pero lo consideré en su momento por los hechos. “Carajo, me estoy perdiendo mi película”, lamenté mentalmente. En tanto, mi mamá me hablaba de los cuidados que uno debe tener, y de lo importante que es prender la luz y no estar a oscuras como –según ella- me gusta estar. Yo suspiré, volví a mirar el techo, y eso fue lo último que me acuerdo de ese momento, porque de ahí quedé en tinieblas debido a que el cerebro se me apagó… Según mis padres, se me voltearon los ojos, perdí el conocimiento y empecé a convulsionar como una trucha epiléptica fuera del agua.

[***]

Con motivo de halloween decidí escribir esta historia que fue uno de los momentos de "terror" que tuvo que pasar mi familia y, bueno, yo también. Pese a lo sucedido yo aun sigo en oscuras de lo que pudo haber pasado aquella noche.




Acerca de Giancarlo
Soy un poliedro lleno de aristas, rincones, luces y sombras...
Ver todas las entradas de Giancarlo »

0 comentarios :

Publicar un comentario

 
Copyright 2009 Vicios y debilidades . Powered by Blogger Blogger Templates create by Deluxe Templates . WP by Masterplan