miércoles, 7 de mayo de 2014

Adictos al dolor

Llegue a casa después de una eterna jornada de ocho horas de labor. Arrastrándome de hambre. Mi estomago reverberaba como un túnel vacío, reclamando por algo de comida solida. Que horrible sensación. No se como sigo de pie, andando, si hace rato que deseaba chorrearme. La piernas me tiemblan un poco pero aun así llegue a casa.

Abro la puerta, entró a mi hogar y puf me doy una sentada en el sillón de mi sala. Rápidamente escucho a mi padre saludarme desde su cuarto, mismo placero, yo le respondo de la misma manera y me pongo de pie a buscar algo de comida. Muestra del estado inconsciente en que ando por mi casa es que lleve mi mochila a todos lados como si tuviera que cuidarla detenidamente de que se fuera a perder.

En medio de afán por calentar mi comida, escucho a mi padre discutir en cuarto “¡Sal!” exclama. Yo hago caso omiso y prosigo con mi tarea. Vuelvo a escucharlo, esta vez más ofuscado. Decido asomarme a su cuarto y lo espío desde la puerta. Lo veo sentado en su escritorio, con los brazos abierto como si fuera a volar, mirando hacia sus pies y exclamando nuevamente su fastidio.

Bajo la mirada y encuentro a “Princesa”, mi adorada siberiana rubia, metida entre sus pies, cómoda y conchudamente echada a los pies de mi padre. Ella ni siquiera se inmuta ante los reclamos que le hacían. Ella solo movía los ojos de arriba hacia abajo como diciendo “habla con mi poto.” Mientras mi padre se ahogaba en su rabia.

Mi padre se agachó y con una mano la cogió de una de sus patas para sacarla del lugar donde se había atrincherado. El animal alzó la cabeza y se golpeó el hocico. Mi padre, rabias afuera, se compadeció del animal y entonces le sobó el hocico y ella se volvió a echar desatando que el hombre volviera a caer preso de la cólera. Entonces retomó la acción que había sido interrumpida por aquel accidental golpe. Con ambas manos trató de levantarla pero el sabio perro dejó su cuerpo en peso muerto. Era una gelatina.

Mi padre se rasco la cabeza de la posible  impotencia que el animal le causara. Puso ambas manos a la cintura y la miró directamente a los ojos. La siberiana la miró también y pareció que un momento mi padre entendió lo que “Princesa” quería. “Discúlpame…” le dijo al can. “Si sigues ahí te vas a seguir golpeando o quizás te voy a terminar pisando” añadió.  Mi padre quedó en silencio esperando una respuesta del animal pero este parpadeó confuso sin quitarle la vista. “¿Qué voy a hacer contigo?” exclamó al cielo.

Mi padre la miró directamente a los ojos y se preguntó así mismo porque el animal insistía en estar en un lugar incomodo, propensa a las pisoteadas o golpes, casuales, que él le podría propinar al can. Arrimó su silla a un costado y cogió al animal de sus dos patas delanteras y como si se tratara de un juego la arrastró unos centímetros más allá, fuera de su escritorio y de la incomodidad de sus pies. El can, perplejo,  se dejó movilizar (arrastrar).

El animal me miró y yo le sonreí. Se puso de pie y volvió a meterse entre las piernas de mi padre en aquel angosto espacio que había entre su escritorio, su silla y su persona. “¡Sal!” volvió a exclamar fastidiado mi padre.” ¡¿Qué no entiendes?!” enfatizó. El perro ignoró los pedidos del hombre y se recostó entre sus pies como si no le importara salir herida en el intento ya que había dejado en claro que era su persona favorita. Mi padre resignado suspiro y miró al techo con una sonrisa picara como si alguien allá arriba le estuviera jugando una pasada. Se trató de acomodar ante la presencia incomoda del animal y continuó con sus quehaceres.

Yo me retiré de su habitación y me quedé pensando en porque un animal se expondría a un peligro como el que le advertía mi padre. Según he oído, dicen que le memoria de los perros no dura mucho, así que por ello no son rencorosos o temerarios. Por ello a pesar de que los maltrates (yo estoy totalmente en contra de ello), los canes siempre vienen hacia sus dueños con una sonrisa y moviendo la cola, con todo el amor posible que estos animales te puedan dar.

Me pregunto si lo mismo pasa con las personas. Si es que a pesar que nos maltraten, nos pateen, nos pisoteen; seguimos yendo, con la mejor de las sonrisas y moviendo el rabo, donde nuestro abusivo amor. ¿Será que estamos enfermos? ¿Será que nuestra memoria es tan fugaz como las de los perros? ¿Será que el amor es ciego, sordo, mudo y cojudo? Fuera lo que fuera yo había estado en el lugar de aquel can y entendía su afán por estar cerca de alguien, pese a salir lastimado. Lo entendía perfectamente y parece que mi padre lo había entendido también, por eso la dejó a su lado; porque sabia que no importaba lo que hiciera, el can no se iba a mover de ahí, a diferencia de mí, que; cansado de las patadas, golpes y pisoteadas; decidí a hacerme a un lado de mi persona favorita.




Acerca de Giancarlo
Soy un poliedro lleno de aristas, rincones, luces y sombras...
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